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¡No al bullshit!

Clase UAI La Tercera

¡No al bullshit!


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La cantidad de bullshit en las empresas chilenas es impresionante. Aunque no aparece en el balance financiero, su costo puede implicar varios puntos en el margen de resultados.

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Gente que dice que va a hacer algo y que nunca más responde por las expectativas que creó. Reuniones interminables donde todos tienen la certeza de estar perdiendo el tiempo. Compromisos entre colegas que se esfuman en el aire. Promesas que se hacen a los clientes sin que haya ningún proceso para sustentar su cumplimiento. Falta de agradecimiento y de reconocimiento por las contribuciones extraordinarias. Programas millonarios de capacitación que no dejan resultados observables. Gente que necesita ayuda para hacer su trabajo, pero que nunca la pide por guardar las apariencias. Proyectos en los cuales nadie cree. Jefes que no cuentan con la confianza de sus empleados. Críticas que se hacen en los pasillos sin nunca hablar con los involucrados. Personas que eluden su responsabilidad frente a las dificultades, argumentando que el problema es del sistema computacional o de cualquier otro departamento menos el suyo… ¡Eso es bullshit!

¿Suena conocido? Lamentablemente es pan de cada día en nuestras empresas. Sin embargo, aunque es una práctica que se financia con el dinero de los accionistas, sorprende que en las compañías no haya una brigada de gente especializada para hacerlo visible y erradicarlo. Asimismo, llama la atención que no haya clases en las universidades para aprender a detectarlo y a limpiarlo. Incluso en Chile ni siquiera tenemos una palabra para identificarlo.

Las empresas chilenas están lejos de estar exentas de este flagelo y en oportunidades exhiben niveles que rivalizan con records mundiales. Si en su empresa nadie ha medido la cantidad de bullshit, tome lápiz y papel y contabilice el costo de algunas de las situaciones mencionadas anteriormente.

A diferencia nuestra, la cultura anglosajona, y en particular los gringos, tienen bien identificado el fenómeno y podemos aprender de ellos. De hecho, les encanta exclamar “bullshit!” cuando lo detectan. Además, tildan sin compasión de “bullshitter” a quien lo practica y conjugan el verbo en todos los tiempos cada vez que se hace necesario.

Incluso en Estados Unidos, filósofos, ensayistas y humoristas han tratado el tema en una gran variedad de modalidades. Hasta el gran poeta T.S. Eliot escribió un poema llamado “El Triunfo del Bullshit” (The Triumph of Bullshit).

Bullshit y el bullshitter

¿En qué consiste realmente el bullshit? ¿Cómo se detecta a su protagonista, el bullshitter? Si seguimos al filósofo Harry Frankfurt (1986), profesor emérito de la Universidad de Princeton, el bullshit es un tipo de falsedad que se distingue de la mentira. El mentiroso conoce la verdad, pero deliberadamente se propone engañar. En cambio el bullshitter no hace ningún esfuerzo por relacionarse con la verdad y sólo se preocupa por quedar bien él mismo.

En el análisis del fenómeno del bullshit, en su célebre artículo titulado “On Bullshit” (1986), Frankfurt escribe:

“Lo que el bullshit falsifica no es ni el estado de las cosas al que se refiere ni las creencias que se tienen sobre la situación del estado de las cosas. Esto es lo que las mentiras adulteran en virtud de su falsedad. Dado que el bullshit no necesita ser falso, éste difiere de la intención impostora característica de las mentiras. El bullshitter puede que no nos engañe, y que ni siquiera intente hacerlo, ya sea sobre los hechos, o sobre lo que él cree que los hechos son. Pero aquello sobre lo que él necesariamente sí intenta engañarnos es sobre su empresa. Su única característica distintiva es que él de cierta manera falsea su cometido”.

Y a continuación Frankfurt agrega:

“Ésta es la clave que lo distingue [al bullshitter] del mentiroso. Tanto él como el mentiroso se presentan falsamente como gente preocupada con comunicar la verdad. El éxito de ambos depende de que nos engañen en relación a esto. Pero el hecho que el mentiroso encubre sobre sí mismo es su intento por apartarnos de la correcta apreciación de la realidad; no debemos percibir que él quiere que creamos algo que él supone que es falso. Por su lado, lo que el bullshitter nos esconde sobre sí es que la veracidad de sus afirmaciones carece de todo interés para él; lo que no debemos percibir es que su intención no es ni reportar la verdad ni tampoco esconderla. Esto no quiere decir que su discurso sea anárquicamente impulsivo, sino que el motivo que guía y controla lo que él dice no tiene ninguna relación con cómo son las cosas sobre las que él habla realmente”.

Complementando lo anterior, Frankfurt añade:

“Es imposible que alguien mienta a menos que piense que sabe la verdad. Producir bullshit no requiere tener tal convicción. Una persona que miente está por lo tanto respondiendo a la verdad, y en esta medida la está respetando. Cuando un hombre honesto habla, él solo dice aquello que cree que es verdadero; y para el mentiroso, correspondientemente, es indispensable que él considere que sus afirmaciones son falsas. Pero para el bullshitter, sin embargo, ninguna de estas preocupaciones es válida: éste no está ni del lado de la verdad ni del lado de la mentira. Su mirada no está en absoluto en los hechos, como es el caso tanto del hombre honesto como del mentiroso, salvo en la medida que estos sean pertinentes para salirse con la suya y producir la aceptación de lo que dice. No está preocupado de que las cosas que dice sean una correcta descripción de la realidad. Simplemente selecciona lo que dice, o lo inventa, para conseguir su propósito”.

Por lo tanto, la esencia del bullshit sería la falta de compromiso del orador con lo que dice, más allá de su agenda personal encubierta. Así, el que afirma no tiene ninguna preocupación con que lo afirmado sea verdadero, pero habla como si estuviera describiendo una verdad. El que da una opinión no se preocupa por la existencia de un fundamento, pero opina con la seguridad del experto. Y el que promete (o hace creer que está prometiendo) no tiene ninguna intención de llevar a la práctica lo que está diciendo.

El bullshitter es, por lo mismo, un ser socialmente muy peligroso. Sólo se preocupa de promover su agenda personal y, en particular, de quedar bien, sin prestar ninguna atención a la diferencia entre lo verdadero y lo falso, entre lo que tiene o no fundamento y entre las expectativas que genera y sus intenciones para tomar acción.

Peor aún, el bullshitter, de tanto bullshitear, corre el peligro de transformarse en una persona aún más perniciosa que el mentiroso. En las palabras de Frankfurt:

“Tanto al mentir como cuando se dice la verdad la gente se guía por sus creencias sobre cómo ellos creen que las cosas son. Eso los guía, ya sea para hacer descripciones correctas del mundo o para hacer descripciones falsas. Dado esto, decir mentiras no descalifica a una persona para poder decir la verdad de la misma manera como lo hace el bullshit. Mediante la práctica excesiva de este último, que consiste en hacer afirmaciones sin prestar atención a otra cosa de lo que sea funcional para los propósitos del bullshitter, las personas pueden experimentar la debilitación o incluso la pérdida del hábito de atender al estado de las cosas. Se puede decir que la persona que miente y la persona que dice la verdad están jugando el mismo juego desde lados opuestos. Cada uno responde a los hechos de la forma como los entiende, aunque la respuesta de uno está guiada por la autoridad de la verdad y la del otro por una rebelión contra esta autoridad y el rechazo de sus condiciones. El bullshitter, por su parte, simplemente ignora estas condiciones completamente. Éste no rechaza la autoridad de la verdad ni se opone a ella, tal como lo hace el mentiroso. El bullshitter no se fija en ella para nada. Dado esto, el bullshit es un enemigo más serio de la verdad que la mentira”.

El texto de Frankfurt sobre bullshit ha producido reacciones en los últimos años y numerosos autores han escrito sobre el tema. En particular, cabe mencionar el libro “Bullshit y Filosofía” (2006), editado por G. Hardcastle y G. Reisch, que incluye textos de 16 autores sobre la naturaleza, variedades y consecuencias del bullshit.

Entre los ensayistas ahí publicados, destaca Gary Cohen, de la Universidad de Oxford en Inglaterra. En su artículo “Deeper into Bullshit” (2002), éste pone el foco en una dimensión diferente del bullshit. No se trataría solamente de la falta de compromiso con la verdad apuntada por Frankfurt, sino también de la falta de compromiso con el significado de lo que se dice. Caen en esta categoría todos los discursos presentados como relevantes y fundamentados, pero que en realidad carecen de tales características. Casos típicos son las argumentaciones presentadas como serias, pero que en realidad son ininteligibles e imposibles de validar.

Ejemplos de este tipo de bullshit son las exposiciones de teorías, modelos y medidas que nadie entiende, pero que terminan siendo aceptadas en función del aura de autoridad del orador y de la resignación de los oyentes, que se auto-diagnostican como incapaces para entender algo “tan complejo”. ¿Ha estado Ud. en la situación de no entender lo que se le dice y omitido hacer preguntas aclaratorias por temor a ser tildado de poco inteligente? Al hacer esto, el oyente se puede estar haciendo cómplice del bullshitter, que consciente o inconscientemente busca hacer pasar “gato por liebre”.

Bullshit chilensis

En Chile el bullshitter, de tanto ejercitar su práctica, no sólo ha perdido la sensibilidad al estado verdadero de las cosas, sino que se siente además orgulloso de su capacidad para falsear. A sus ojos, los que se preocupan por afirmar lo verdadero, los que son prudentes en sus opiniones y los que ponen acciones detrás de sus palabras, son tontos útiles e ingenuos (para decirlo educadamente). Propongo, por lo tanto, llamar al autor de la ecuación bullshit + orgullo de bullshit = “bulchitero”.

Cuando no se llega a las metas de ventas, el bulchitero procura tranquilizar con justificaciones ajenas a su voluntad, sin analizar lo que él dejó de hacer. Cuando el cliente reclama, el bulchitero es un experto en echarle la culpa al sistema o a otro departamento de la empresa.

Cuando los proyectos no avanzan, se demoran o cuestan más que lo programado, el bulchitero es un especialista en salvar su imagen argumentando que los problemas imprevistos y la falta de colaboración de otra gente son la causa del desempeño, y que dadas las circunstancias, en realidad no es tan malo como se piensa.

Cuando los inventarios son altos, el bulchitero explica que no le queda otra alternativa que acumular un colchón de seguridad para cubrirse del incumplimiento de los proveedores. Y cuando los cambios que deberían aplicarse por el acuerdo de todos se dilatan indefinidamente, el bulchitero es un experto en señalar que aún falta aclarar mejor “el cómo” se llevarán a cabo las cosas.

El costo del bullshit

La acción del bulchitero, más allá de la dimensión ética, es un problema económico para las empresas y para el país. Afecta gravemente la colaboración, el trabajo en equipo, la eficiencia, la capacidad de aprender y de mejorar.

Mientras mayor es el bullshit, más cuesta mejorar las ventas, menor es la satisfacción de los clientes, mayores son los gastos innecesarios, mayor es el monto de los inventarios y más difícil es implementar cambios. Y para qué hablar de la innovación, la que se hace prácticamente imposible.

¿Cómo bajar el nivel de bullshit en las empresas? Tres recomendaciones probadas. En primer lugar, defina los roles de las personas por sus promesas y no por sus actividades. En segundo lugar, haga estas promesas visibles a todo el mundo y manténgalas en lugares públicos –pizarras o en la intranet – con tablas de cumplimiento e incumplimiento. Y en tercer lugar, indexe una parte importante de las compensaciones al cumplimiento de las promesas, más que al seguimiento de procedimientos y otras formalidades.

Finalmente. Cuando esté frente al bullshit, no se lo coma. Exclame ¡bullshit! Hacerlo visible tiene el mágico efecto de eliminarlo. Y a final de año, cuando los desempeños mejoren, cobre su bono de limpieza.

En resumen…

  • La cantidad de bullshit en las empresas chilenas es impresionante.

  • Aunque no aparece en el balance financiero, su costo puede implicar varios puntos en el margen de resultados.

  • El bullshit es un tipo de falsedad que se distingue de la mentira. Mientras el mentiroso conoce la verdad, pero deliberadamente se propone engañar, el bullshitter no hace ningún esfuerzo por relacionarse con la verdad.

  • El bullshitter sólo se preocupa por quedar bien.

  • En Chile el bullshitter, de tanto ejercitar su práctica, no sólo ha perdido la sensibilidad al estado verdadero de las cosas, sino que se siente además orgulloso de su capacidad para falsear. Proponemos llamar a este personaje de “bulchitero”.

  • El bullshit afecta gravemente la colaboración, el trabajo en equipo, la eficiencia, la capacidad de aprender y de mejorar. La innovación se hace imposible.

  • Recomendaciones para remover el bullshit: 1) Defina los roles de las personas por sus promesas y no por sus actividades. 2) Haga estas promesas visibles a todo el mundo y manténgalas en lugares públicos para monitorear su cumplimiento. 3) Indexe una parte importante de las compensaciones al cumplimiento de las promesas más que al seguimiento de procedimientos y otras formalidades.

  • Cuando esté frente al bullshit, no se lo coma. Exclame ¡bullshit! Hacerlo visible tiene el mágico efecto de eliminarlo.

Para reflexionar…

  • ¿Cuál es la esencia del bullshit?

  • Identifique tres situaciones de bullshit en su entorno de trabajo.

  • ¿Cómo podría poner el bullshit de manifiesto y removerlo de las interacciones y relaciones con las personas que lo están generando?

  • ¿Qué nuevas posibilidades se le abren de ahora en adelante? ¿Qué nuevas acciones –pedidos u ofertas– va a tomar?

Ahora que viste la clase puedes profundizar más y conocer un caso aplicado.

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